Discapacidad: Visibilicemos la diversidad

El sábado empecé el curso de “Asistente en discapacidad“, que dicta la Fundación artistas discapacitados los sábados a la mañana en la sede de la facultad de Filosofía y Letras de la UBA (Puan 480, CABA).

Las docentes de la primera clase fueron María Pia Venturiello y Marcela Ego. La clase me resultó sumamente interesante y a la vez movilizante. Hablamos sobre el concepto de discapacidad, su evolución histórica y los diferentes paradigmas.

Tomé nota de muchos conceptos sumamente interesantes, pero me gustaría mencionar algunos paradigmas (los primeros, obsoletos, pero que aún pueden verse vigentes entre las personas) acerca de la discapacidad:

  • El paradigma previo a la modernidad, veía al discapacitado como alguien a quien el designio divino lo llevó a estar en esa situación.
  • A partir de la revolución industrial, comenzó a mirarse a quienes no podían producir al ritmo de los demás como personas que no aportaban lo suficiente. Empiezan a existir las instituciones de encierro, y los hospitales, cárceles y manicomios se ocupan de las personas que no cumplían con lo que la sociedad esperaba.
  • En época de posguerra, por la enorme cantidad de heridos, toma preeminencia el paradigma médico: la discapacidad es un problema individual; hay que curar a esas personas y ellas tienen que luchar con su voluntad para reinsertarse.
  • A partir del movimiento Vida Independiente (década del ’70), empieza a comprenderse que la diversidad funcional se debe atender a nivel social. La responsabilidad de que alguien sea autónomo o dependa de ayuda externa es de la sociedad, y no del individuo.

A partir de todo ello quiero invitarlos a pensar: ¿Qué tal si pasamos de ver una persona normal y muchas personas “fuera de la norma” (diferentes), y pasamos a entender que las personas venimos en diferentes formatos? Cuando hacemos un edificio, una página web o un objeto de uso cotidiano, tenemos que pensar que hay gente que no ve, gente que no oye, gente que no distingue todos los colores, gente que no tiene sus dos brazos o sus dos piernas, etc. Somos responsables de permitir o dificultar la autonomía de las personas. De todas las personas.

Como dijo la profesora al cierre de la clase, logrando que yo lagrimee hasta llegar a casa: si uno tuvo la posibilidad de ser, el otro también.
personas

Descripción de la imagen: En un primer recuadro hay una figura humana con dos piernas y dos brazos, encerrada en un óvalo y con la etiqueta “Persona normal”, y dos personas con una pierna o un brazo y el rótulo “Persona diferente”. En el segundo recuadro hay tres figuras humanas, en el mismo óvalo, con el rótulo “Personas”. Dos de ellas tienen sólo un brazo o sólo una pierna.

 

 

El machismo en mi vida (8 de marzo – día de la mujer)

El 8 de marzo es el día de la mujer. También, por suerte, por casualidad, y orgullosamente lo digo, es mi cumpleaños número 40. Decidí hacer una versión libre, literaria, de cómo fue mi vivencia del machismo durante estas cuatro décadas. Espero que lo disfruten.

Aprendizaje

Durante mi infancia las mujeres de mi vida fueron: mi abuela paterna, sumisa, maltratada por el marido, lloraba a veces sola en su habitación después de un grito de mi abuelo. Mi abuela materna, luchadora, trabajadora, imponente, poderosa con su máquina de coser y su gigante olla de guiso de arroz con pollo. Mi mamá, estudiosa, trabajadora, luchadora.

Los hombres de mi vida, unos débiles y obedientes que se despojaban de principios al cambiar de mujer, otros autoritarios, gritones, “golpeadores de mesas” (no golpeaban a sus mujeres pero pegaban piñas en la mesa ante un enojo), y otros sádicos, abusadores. Por último, recuerdo algunos perdedores, alcohólicos y solos en la vida (“no tiene mujer”, “se gasta todo lo que gana en mujeres”).

Sorpresa

A los 19 años yo trabajaba en una oficina junto con mi novio, ambos enseñábamos informática. Un día un hombre entró y me dijo: “servime un café”. Se dirigió a mi novio como quien se dirige a un profesor, pero se dirigió a mí como quien se dirige a una secretaria. Fue la primera vez que sentí la opresión, la discriminación del machismo.

Aceptación

Recién casada, de visita en casa de familiares de mi marido, él me pidió un café. Yo le dije, en chiste “por qué no te lo servís vos”. Todos me miraron con un gesto serio y me castigaron con la mirada. Aprendí que, en casa de los familiares de mi marido, tenía que servir el café yo, aunque yo fuera visita. Me da lástima que lave los platos, decía cuando conversaba con mis amigas sobre por qué hacía todo yo. Una amiga me dijo: ¿Y vos, no te dás lástima?

Impotencia

Querer criar los hijos, pero no perder mi carrera; querer ser excelente trabajadora, pero estar presente ante la enfermedad de un hijo. No faltar a los actos escolares (¡pero no faltar al trabajo!). Querer tener un perro (pero mi marido no quiere), querer decorar la casa (pero mi marido no quiere), querer tener ropa (pero no hay plata, pero no puedo  hacer más plata porque no quiero dejar a los chicos…)

Crecimiento

Empezar a reconocer mi propio derecho a decidir cómo vivir. Tomar el poder en mi vida. Trabajar, elegir, decidir, ser libre. No sentirme frustrada por mis elecciones anteriores: fueron momentos felices, fueron elecciones mías, ahora elijo otra cosa.

Empezar a poner la mirada en espejo: Si yo quiero que él se sienta feliz y entonces voy de vacaciones siempre donde él quiere, bien, pero… ¿qué hace él para que yo me sienta feliz? 

Cortar la cadena

No criar hijos machistas. No criar hijas machistas. Juguetes iguales, juegos parecidos, responsabilidades iguales, tareas similares. Enseñarles a manejarse con el dinero y con el deseo propio (¿qué es realmente lo que yo quiero?), enseñar a vivir sin consumismo y a respetar a los demás. Enseñar a ser solidarios sin aplastar los propios deseos y derechos.

Defender como una leona mi territorio. Lo que gané me llevó toda la vida, no lo voy a regalar.

El poder no te lo regala nadie. Lo tenés que tomar.